lunes, 3 de febrero de 2014

CUENTOS EN VERSO...

Cuentos en verso
para niños perversos       Roald Dahl
 
 


LA CENICIENTA
 
"¡Si ya nos la sabemos de memoria!",

diréis. Y, sin embargo, de esta historia

tenéis una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia...

------------------------------------------------

El lío se organiza en el momento

en que las Hermanastras de este cuento

se marchan a Palacio y la pequeña

se queda en la bodega a partir leña.

Allí, entre los ratones llora y grita,

golpea la pared, se desgañita:

"¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!

¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!".

Y así hasta que por fin asoma el Hada

por el encierro en el que está su ahijada.

"¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida?

¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida

te dan esas lechuzas?". "¡Frita estoy

porque ellas van al baile y yo no voy!".

La chica patalea furibunda:

"¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!

¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,

zapatos de charol, sortija, broche,

pendientes de coral, pantys de seda

y aromas de París para que pueda

enamorar al Príncipe en seguida

con mi belleza fina y distinguida!".

Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,

en menos tiempo del que aquí se cuenta,

se personó en Palacio, en plena disco,

dejando a sus rivales hechas cisco.

------------------------------------------------

Con Ceny bailó el Príncipe rocks miles

tomándola en sus brazos varoniles

y ella se le abrazó con tal vigor

que allí perdió su Alteza su valor,

y mientras la miró no fue posible

que le dijera cosa inteligible.

Al dar las doce Ceny pensó: "Nena,

como no corras la hemos hecho buena",

y el Príncipe gritó: "¡No me abandones!",

mientras se le agarraba a los riñones,

y ella tirando y él hecho un pelmazo

hasta que el traje se hizo mil pedazos.

La pobre se escapó medio en camisa,

pero perdió un zapato con la prisa.

el Príncipe, embobado, lo tomó

y ante la Corte entera declaró:

"¡La dueña del pie que entre en el zapato

será mi dulce esposa, o yo me mato!".

Después, como era un poco despistado,

dejó en una bandeja el chanclo amado.

Una Hermanastra dijo: "¡Ésta es la mía!",

y, en vista de que nadie la veía,

pescó el zapato, lo tiró al retrete

y lo escamoteó en un periquete.

En su lugar, disimuladamente,

dejó su zapatilla maloliente.

------------------------------------------------

En cuanto salió el Sol, salió su Alteza

por la ciudad con toda ligereza

en busca de la dueña de la prenda.

De casa en casa fue, de tienda en tienda,

e hicieron cola muchas damiselas

sin resultado. Aquella vil chinela,

incómoda, pestífera y chotuna,

no le sentaba bien a dama alguna.

Así hasta que fue el turno de la casa

de Cenicienta... "¡Pasa, Alteza, pasa!",

dijeron las perversas Hermanastras

y, tras guiñar un ojo a la Madrastra,

se puso la de más cara de cerdo

su propia zapatilla en el pie izquierdo.

El Príncipe dio un grito, horrorizado,

pero ella gritó más: "¡Ha entrado! ¡Ha entrado!

¡Seré tu dulce esposa!". "¡Un cuerno frito!".

"¡Has dado tu palabra. Principito,

precioso mío!". "¿Sí? -rugió su Alteza.

--¡Ordeno que le corten la cabeza!".

Se la cortaron de un único tajo

y el Príncipe se dijo: "Buen trabajo.

Así no está tan fea". De inmediato

gritó la otra Hermanastra: "¡Mi zapato!

¡Dejad que me lo pruebe!". "¡Prueba esto!",

bramó su Alteza Real con muy mal gesto

y, echando mano de su real espada,

la descocorotó de una estocada;

cayó la cabezota en la moqueta,

dio un par de botes y se quedó

quieta...

------------------------------------------------

En la cocina Cenicienta estaba

quitándoles las vainas a unas habas

cuando escuchó los botes, -pam, pam, pamdel

coco de su hermana en el zaguán,

así que se asomó desde la puerta

y preguntó: "¿Tan pronto y ya despierta?".

El Príncipe dio un salto: "¡Otro melón!",

y a Ceny le dio un vuelco el corazón.

"¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza!

con ese yo me juego la cabeza...

¡Pero si está completamente loco!".

Y cuando gritó el Príncipe: "¡Ese coco!

¡Cortádselo ahora mismo!", en la cocina

brilló la vara del Hada Madrina.

"¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,

que tus deseos corren de mi cuenta!".

"¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-,

no quiero ya ni príncipes ni nada

que pueda parecérseles! Ya he sido

Princesa por un día. Ahora te pido

quizá algo más difícil e infrecuente:

un compañero honrado y buena gente.

¿Podrás encontrar uno para mí,

Madrina amada? Yo lo quiero así...".

------------------------------------------------

Y en menos tiempo del que aquí se cuenta

se descubrió de pronto Cenicienta

a salvo de su Príncipe y casada

con un señor que hacía mermelada.

Y, como fueron ambos muy felices,

nos dieron con el tarro en las narices.

------------------------------------------------

 
JUAN Y LA HABICHUELA MÁGICA

 
La madre de Juan dijo: "Se acabó.

No queda un chavo en casa... Y digo yo

que en el mercado, echándole tupé,

podrás vender la vaca, conque ve

y cuenta allí lo sana que es la Juana,

aunque tú y yo sepamos que es anciana".

------------------------------------------------

Se fue Juan con la vaca y volvió luego

diciendo: "¡Madre, cómo les di el pego!

Jamás habrá un negocio tan redondo

como el que hizo tu Juan". "¡Mira el sabihondo!

Seguro que tu trato es un desastre

y que te ha dado el timo algún pillastre...".

Mas cuando Juan, con gesto artero y pillo,

extrajo una habichuela del bolsillo

su madre saltó un cuádruple mortal,

se puso azul y le gritó: "¡Animal!

¿Te has vuelto loco? Dime, tarambana,

¿te han dado una habichuela por la Juana?

¡Te mato!", y tiró al huerto la habichuela,

agarró a Juan y le atizó candela

con la mangueta de la aspiradora

zurrándole lo menos media hora.

------------------------------------------------

A las diez de la noche, sin embargo,

la alubia empezó a echar un tallo largo,

tan largo que la punta se perdía

entre las nubes cuando llegó el día.

Juanito gritó: "¡Madre, echa un vistazo

y dime si ayer no hice un negociazo!".

La madre dijo: "¡Calla, pasmarote!

¿Acaso da habichuelas ese brote

que pueda yo meter en el puchero?

¡No agotes mi paciencia, majadero!".

"¡Por Dios, mamá, que no hablo de semillas!

¿No ves que es de oro? ¡Mira cómo brilla!".

¡Cuánta razón tenía el rapazuelo!

Allá afuera, estirándose hasta el cielo,

brillaba una alta torre de hojas de oro

más imponente que el mayor tesoro.

La madre de Juanito, espeluznada,

pegó otro brinco y dijo: "¡Qué burrada!

Hoy mismo compro un Rolls, me voy a Ibiza

y abro una cuenta en una banca suiza.

¡Vamos, mastuerzo, tráeme las que puedas

y las que no sean de oro te las quedas!".

Y Juan, sin atreverse a vacilar,

trepó por la habichuela sin tardar,

ganando altura, -no preguntéis cuánta hasta

alcanzar la punta de la planta.

Mas una vez allí ocurrió una cosa

de lo más espantable y horrorosa:

se levantó un estruendo tremebundo

como si se acercara el fin del mundo

y habló una voz terrible, muy cercana,

que dijo: "¡¡_Estoy oliendo a carne humana_!!".

Juanito se dio un susto de caballo

y sin pensarlo más bajó del tallo.

"¡Ay, madre!, si lo sé yo no te escucho,

que arriba hay un señor que grita mucho,

que yo lo he visto, y me parece injusto

subir y que me peguen otro susto...!

Es un gigante. Y anda bien de olfato".

"¡Qué tonterías dices, mentecato!".

"Me olió sin verme, madre, te lo juro.

Es un gigante enorme, estoy seguro...".

"Naturalmente que te olió, marrano,

que no te duchas más que en verano

y apestas como un chivo y no obedeces

por más que te lo mande cien mil veces...".

Juan respondió: "Mamá, ¿por qué no subes,

ya que eres tan valiente, hasta las nubes

tú misma?", y ella dijo: "¡Desde luego!

Yo sin luchar a tope no me entrego".

Se arremangó las faldas y de un salto

tomó la enorme planta por asalto

y se perdió en sus hojas, mientras Juan

dudaba del buen éxito del plan,

temiendo que el tufillo mareante

de su mamá enfadara a aquel gigante.

------------------------------------------------

Mirando arriba estaba... hasta que un ruido

que no esperaba, más bien un chasquido

terrible, y una voz desde la altura

llegaron a su oído: "¡_Estaba dura

y le sobraban huesos, pero al menos

los dos muslitos me han sabido buenos_!".

"¡Atiza! -exclamó Juan-. ¡Ese chiflado

se merendó a mi madre de un bocado!

-Olfateó- ya lo decía yo.

Ese tufillo horrible...". Y contempló

la inmensa planta de oro: "¡Mala suerte!

Tendré que enjabonarme y frotar fuerte

para poder pasar por inodoro

si quiero reincidir en lo del oro".

Conque se dirigió al cuarto de baño

por la primera vez en aquel año,

gastó siete champús, doce jabones

y se llenó los pelos de lociones,

se cepilló las muelas y los dientes

y se dejó las uñas relucientes.

Volvió luego a la planta nuestro chico

y allí arriba seguía, hecho un borrico,

sorbiéndose los mocos y escupiendo,

nuestro gigante bárbaro y horrendo:

"¡¡_No estoy oliendo a nada por ahora_!!",

gruñía sordamente. Varias horas

esperó Juan. Por fin cayó dormido

el monstruo, y el muchacho, sin un ruido,

hizo cosecha de oro a troche y moche

y durmió billonario aquella noche.

"Bañarse, -dijo-, es algo muy seguro.

Me daré un baño al mes en el futuro".

------------------------------------------------



No hay comentarios:

Publicar un comentario