Hace muchos años, en una aldea
japonesa, un daimio (príncipe feudal de Japón) entregó una carta a uno de los
campesinos que trabajaban para él, con este encargo:
-
“Vete rápido a la ciudad y allí recoge una espada que mandé hacer”.
El
campesino cogió la carta y alegre se fue a la ciudad; pensó que haber recibido
el encargo era muestra de confianza de su amo. Pobre campesino ignorante, no
sabía que en la carta estaba firmada su sentencia de muerte; en ella se
autorizaba al forjador a probar el filo del arma en su cuello. Era un muchacho
joven y fuerte, pero no sabía ni leer ni escribir, nunca había ido a la
escuela.
Tras
unas horas de camino, el muchacho tuvo que cruzar un río, el agua había crecido
demasiado con las últimas lluvias y en el paso la carta se mojó. El campesino,
preocupado por el estado del escrito, lo puso a secar al sol sobre una piedra y
mientras esperaba se tumbó bajo un árbol a descansar un poco. Al rato se quedó
completamente dormido.
Un ruido le despertó de su siesta, abrió los ojos y vio de pie, frente a él, a un hombre de grandes dimensiones. Era un samurai que sujetaba en sus manos la carta seca del campesino.
Un ruido le despertó de su siesta, abrió los ojos y vio de pie, frente a él, a un hombre de grandes dimensiones. Era un samurai que sujetaba en sus manos la carta seca del campesino.
-
“¿Qué hace usted con mi carta? No debería coger lo que no es suyo”- dijo el
muchacho.
- “Ja, ja, ja! – rió el samurai- tienes suerte de que haya encontrado tu carta, por lo visto no sabes lo que aquí dice”.
- “No sé leer”.
- “Pues que sepas que aquí se autoriza a un herrero a que pruebe su nueva espada en tu cuello”.
- “Ja, ja, ja! – rió el samurai- tienes suerte de que haya encontrado tu carta, por lo visto no sabes lo que aquí dice”.
- “No sé leer”.
- “Pues que sepas que aquí se autoriza a un herrero a que pruebe su nueva espada en tu cuello”.
El
campesino quedó completamente consternado, le arrebató al samurai la carta y la
rompió en mil pedacitos, luego dio las gracias al hombre y huyó del lugar lo
más rápido que pudo.
Vagó
sin rumbo fijo durante horas, pensando en que su amo se había aprovechado de su
ignorancia y había estado a punto de morir. Decidió que aquello ya no volvería
a suceder y que aprendería muchas cosas importantes.
En
los meses siguientes el muchacho se fue aficionando a la lectura y esto hizo
que fuese ascendiendo de categoría y de clase hasta que, pasados unos años,
asumió un alto cargo muy superior al que ostentaba su antiguo amo.
Un
buen día el muchacho ignorante, convertido ahora en un hombre culto e
importante, resolvió hacer una visita a su primer amo. Cuando el daimio se
enteró de quién preguntaba por él en la misma puerta de su casa, se asustó y
fue a esconderse. En ese momento su antiguo siervo lo abrazó mientras decía:
- “Vengo a agradecerte lo que hiciste por mí.
- El daimio no comprendía nada de lo que estaba pasando, pensó que tal vez éste no fuese su campesino ignorante. Le preguntó:
- “¿Qué vienes a agradecerme?, yo nunca he hecho nada bueno por ti”.
- “Sí, me enseñaste lo peligrosa que es la ignorancia, gracias a aquel episodio de la carta y la espada comprendí lo necesario que es el saber; así que estudié, aprendí y ahora soy un hombre rico e importante.
- El daimio no comprendía nada de lo que estaba pasando, pensó que tal vez éste no fuese su campesino ignorante. Le preguntó:
- “¿Qué vienes a agradecerme?, yo nunca he hecho nada bueno por ti”.
- “Sí, me enseñaste lo peligrosa que es la ignorancia, gracias a aquel episodio de la carta y la espada comprendí lo necesario que es el saber; así que estudié, aprendí y ahora soy un hombre rico e importante.


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